Nouvelle Vague, dirigida por Richard Linklater, es una carta de amor absoluta al movimiento cinematográfico más revolucionario del siglo XX: la Nouvelle Vague francesa. No es un solo un homenaje, es una inmersión total, una masterclass de hora y media que te ahorra el temario entero de cualquier escuela de cine.
El movimiento nació para alejarse de todo lo que era el Hollywood de esa época: guiones prefabricados, estudios, productores dictando plano a plano y presupuestos inflados. Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol, Rivette y compañía decidieron que el cine no necesitaba artificios para ser grande. Bastaba con una cámara, ganas de contar algo y calle. Mucha calle. Improvisación, espontaneidad, rodajes casi amateur pero con una calidad que todavía hoy nos deja boquiabiertos.

Linklater, el mismo de la trilogía Antes del amanecer, Boyhood, School of Rock o Hit Man, coge Al final de la escapada de Godard y nos mete en su making-of como si estuviéramos en el set en 1959. Vemos a Jean-Paul Belmondo improvisando, a Godard peleándose con el productor (escena que resume la lucha eterna del artista contra el sistema), a Anna Karina, a los ‘Cahiers du Cinéma’ enteros entrando y saliendo de plano. Es como si Linklater hubiera abierto una cápsula del tiempo y nos diera la oportunidad de ser testigos de primera mano de la Nouvelle Vague, retratando el cine dentro del cine como pocas veces se ha hecho.
La película funciona como documental y como ficción a la vez. Es un making-of que ES la película. Y lo mejor: entiendes perfectamente por qué este movimiento cambió todo. Por qué hoy todavía bebemos de ellos en festivales, en el cine indie, en cualquier director que se atreva a saltarse el guion. Es el equivalente a ver el making-of de la temporada 3 de Twin Peaks que dejó David Lynch, una masterclass absoluta de cine. Godard aquí es el protagonista absoluto: el crítico cabreado de ‘Cahiers du Cinéma’ que un día dijo “basta de escribir sobre los demás, ahora yo hago cine”.

El tipo que llevaba gafas de sol hasta en interiores y que con cuatro francos y una cámara robada revolucionó el mundo. Esa escena en la que se enfrenta al productor y le planta cara es puro manifiesto: el artista por delante del dinero. Para cinéfilos es una delicia absoluta. Para quien no conozca el movimiento, puede parecer un poco críptica al principio, pero en 90 minutos sales sabiendo más de Nouvelle Vague que después de un semestre entero en la facultad. Linklater no fuerza nada: no hay voz en off explicativa, no hay carteles con fechas. Solo te mete en el set y te deja mirar. Y funciona.
Comparad con Mank de Fincher: misma idea (homenaje a un momento clave del cine), pero aquella se sentía fría, académica, sin alma. Esta respira. Esta es carne y hueso. Es como leer el mejor libro sobre la Nouvelle Vague y verlo representado al mismo tiempo por los propios protagonistas. Nouvelle Vague de Richard Linklater es, sin exagerar, una de las mejores películas sobre cine que se han hecho nunca. Un homenaje perfecto, honesto y vivo a un movimiento que sigue vivo porque, aunque la taquilla la gobiernen superproducciones carísimas y muy vacías de contenido, sigue habiendo directores que recuerdan que el cine de verdad empieza cuando puedes (y tienes) la capacidad de contar una historia que no requiera un presupuesto inflado al contar con estrellas de cine. Imprescindible para cualquiera que ame el cine. Y si estudias cine, olvídate de los apuntes: con esta película apruebas la asignatura de historia del cine con sobresaliente, al menos sobre la Nouvelle Vague.

