Un poeta, dirigida por Simón Mesa Soto y presentada en Cannes y en el Festival de Sevilla, es una de las grandes películas del año. Puede parecer que es una secuencia de drama tras otro, un sufrimiento constante, y sí, lo es en gran parte: el espectador lo pasa mal, se duele con el protagonista y todo apunta a tragedia. Pero vista en conjunto, esta película es profundamente optimista, un canto a la poesía y a la capacidad de encontrar belleza donde nadie la busca.

Óscar Restrepo, interpretado por un profesor en la vida real (un magnífico Ubeimar Ríos), es un alcohólico, desempleado y aparentemente un fracasado. Al principio no sabes hacia dónde va la historia, porque la película se centra casi exclusivamente en él: su dolor, su caos, su lucha. Sin embargo, pronto descubrimos que este hombre está lleno de bondad, que ama la poesía con todo su ser y que quiere dejar algo que merezca la pena ser contado. Ha publicado dos libros, pero siente que puede dar mucho más.

La película no cae en el sentimentalismo fácil. Cuando podría ponerte música para emocionarte, la corta de golpe. ¿Por qué? Porque su obra aún no está terminada, porque todavía no ha encontrado su voz definitiva. Es una película de aprendizaje, tanto para él como para nosotros. Y ese aprendizaje llega a través de una alumna suya, una chica con un talento brutal que él descubre. Ahí la película cambia de registro: deja de ser solo la historia de un alcohólico y se convierte en un plan de redención compartida. Él la guía a ella, pero en realidad también se está salvando a sí mismo, recuperando su dignidad como poeta y como persona.

El guion es realista, los personajes son naturales, cercanos, sin artificios. Nos abre una ventana a un mundo de pobreza en Colombia donde, sin embargo, siempre hay gemas ocultas si alguien se molesta en mirar. Y eso es lo valiente de la película: trata temas que son el ABC de los festivales —alcoholismo, marginalidad, compromiso social—, pero no sigue la estela fácil del drama lacrimógeno tipo El último suspiro o Yo, Daniel Blake. No termina en tragedia, no te machaca con la decadencia como si fuera lo único posible. Al contrario: parte del drama para construir algo luminoso, algo que aporta.

Había algunas risas en las salas, pero creo que no entendían qué estaba pasando realmente. Porque esto no es comedia, es un drama con compromiso real. Es un mensaje que se puede multiplicar: en Colombia, en África, en Sevilla, en cualquier sitio. Hay personas con sensibilidad, con voz propia, que solo necesitan que alguien les diga: “Tú vales, tú tienes algo que decir”. La poesía aquí no es solo escribir versos. Es ver diferente, es tener una sensibilidad que el mundo no valora lo suficiente. Y la película contrasta eso con los mensajes decadentes que nos venden constantemente: que todo está perdido, que la pobreza es el final, que el arte no sirve si no eres famoso.

Óscar es un artista desconocido, y esta película es casi un biopic de alguien que nadie conoce. En un momento en que hacemos biopics de cualquiera, apostar por un poeta anónimo es un acto de valentía. Técnicamente impecable, escrita con inteligencia y dirigida con honestidad, Un poeta es de esas películas que no sabes hacia dónde van y eso es precisamente lo que la hace grande. No te lleva de la mano, no te da lo esperado. Sufres, sí, pero sales con esperanza. Es la mejor película que hemos visto este año, una de esas que llegan al final del calendario y te recuerdan por qué seguimos yendo al cine.

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