La vida de Chuck, dirigida por Mike Flanagan y basada en un relato corto de Stephen King, es una experiencia sensorial que se aleja del terror característico del director y del autor para adentrarse en un terreno más humano y esperanzador. Conocido por obras como Misa de medianoche —quizá la mejor serie de Netflix, con reflexiones filosóficas y un trasfondo de vampiros—, La maldición de Hill House y Doctor Sueño (una digna secuela de El resplandor que incluso Stephen King aplaudió), Flanagan demuestra aquí su interés por la psique humana, explorando por qué somos como somos. Esta película, protagonizada por Tom Hiddleston como Charles “Chuck” Krantz, es una de sus mejores obras, aunque no está exenta de altibajos.

La trama, estructurada en tres actos que narran la vida de Chuck en orden inverso, es difícil de describir sin spoilers, pero su magia radica en la incógnita inicial. El primer acto, cercano a la ciencia ficción, plantea más preguntas que respuestas, manteniendo al espectador en vilo sin mostrar a Chuck (Hiddleston) hasta pasados unos 30 minutos. Esta decisión, arriesgada pero efectiva, engancha al público que entra sin saber nada, algo que recomiendo evitar el tráiler para disfrutar plenamente. Los actos siguientes exploran la adultez y la infancia de Chuck, conectando momentos aparentemente desconexos que culminan en un mensaje sobre la espontaneidad y la belleza de lo cotidiano. La película no es de terror, pero mezcla ciencia ficción, thriller y, sobre todo, drama humano, recordando a obras optimistas de King como Cadena perpetua o La milla verde, que también tenía toques fantásticos.
El corazón de la película es su celebración de la vida a través de lo simple: un baile espontáneo, una escena que destila alegría pura, o los pequeños gestos de un contable que soñaba con ser bailarín. Hiddleston brilla con un carisma vulnerable, equilibrando la lógica de su profesión con su pasión artística, mientras el reparto —con figuras como Jacob Tremblay y Mark Hamill— aporta calidez. La película reflexiona sobre la dualidad entre el pesimismo que nos atrapa (las noticias, la fatalidad) y la libertad de dejarse llevar, un germen de espontaneidad que encuentra su clímax en el baile, un momento caótico donde la estadística y la lógica pierden poder frente a la felicidad.

Flanagan abandona el terror gótico por una estética cálida y visualmente potente, con referencias cósmicas a Carl Sagan y versos de Walt Whitman que enmarcan la idea de que cada vida contiene multitudes. La banda sonora de The Newton Brothers, con su serenidad, refuerza la conexión emocional de Chuck con el mundo, especialmente en momentos de calma que contrastan con un entorno apocalíptico. Sin embargo, el segundo acto, más lineal y académico, puede sentirse menos arriesgado frente a los otros, que toman mayores licencias creativas. Comparada con El curioso caso de Benjamin Button, también basada en un relato corto y con Hiddleston evocando su cameo en Medianoche en París, esta cinta es más sencilla de lo que aparenta, pese a sus alusiones a matemáticas y el cosmos, porque nos habla de ésa parte que nos hace ser felices, quizás sin saberlo.
Es una de las mejores películas del año, un antídoto al cine comercial reciente. Su mensaje sobre la espontaneidad y la resistencia al pesimismo, junto con la actuación de Hiddleston y una banda sonora emotiva, la hacen una experiencia sensorial única. Destaca por su humanidad y simplicidad. Si buscas una obra que celebre la vida con un toque de King y Flanagan, como Cuenta conmigo, te encantará; si prefieres terror puro, podría no ser suficiente. Es un recordatorio luminoso de que la vida, en su caos, merece ser vivida.

