Tron: Ares, la tercera entrega de una saga que revolucionó los efectos especiales hace más de 40 años, llega a las salas priorizando el espectáculo visual y sonoro sobre la trama, un patrón que se repite desde la primera película. Tron (1982) fue un pelotazo innovador estudiado en escuelas de cine por su uso pionero de CGI en una era donde los ordenadores eran rudimentarios. La segunda, Tron: Legacy (2010), dio el salto definitivo en lo visual, aunque su historia no era gran cosa y, a pesar de que fracasó en taquilla, es una película que ha ido ganando adeptos con el paso de los años. Esta tercera, dirigida por Joachim Rønning, sigue la misma fórmula: un deleite audiovisual que merece verse en pantalla grande, pero con una narrativa sencilla que no innova.

La trama, escrita por Jesse Wigutow, es predecible: Ares (Jared Leto), un programa de IA sofisticado creado por Julian Dillinger (Evan Peters), cruza del mundo digital al “mundo real” por 29 minutos gracias a un láser generativo. Su misión: recuperar un “código de permanencia” de Eve Kim (Greta Lee), CEO de Encom, que podría hacer eterna a la IA. Lo que empieza como una persecución de alta tecnología evoluciona en una reflexión superficial sobre la empatía de las máquinas, con Ares cuestionando su existencia. Es cierto que no es nada que no hayamos visto en películas anteriores que traten sobre la inteligencia artificial, pero es muy consciente de que su punto fuerte es el apartado técnico.

Jeff Bridges regresa en un cameo como Kevin Flynn, pero el filme se apoya en callbacks nostálgicos —como la oficina de Flynn o el arcade original— que reciclan ideas sin avanzar la franquicia. Lo más destacable es el diseño: neones vibrantes, persecuciones en light cycles y transiciones que borran fronteras entre digital y real, como un zoom en un píxel de TV que revela un reflejo en el mundo físico. La banda sonora de Nine Inch Nails (Trent Reznor y Atticus Ross) pulsa con energía industrial, cañera y electrónica, un salto respecto a la primera y es más fiel a Legacy (con Daft Punk). El sonido, con bajos potentes y efectos inmersivos, explota los altavoces de la sala, algo raro en el cine actual. Sin embargo, las partes en el mundo real —que dominan gran parte del metraje— ralentizan el ritmo, sintiéndose obligatorias para avanzar la trama cuando lo que el espectador quiere es el espectáculo del Grid.

Leto actúa como un “Cristo” digital enviado por volunta propia a nuestro mundo donde empieza a sentir, parecido a al papel de Robbie Williams en El hombre bicentenario. Greta Lee aporta calidez como Eve, cuya creación de un árbol naranja en un paisaje nevado invierte el mito bíblico de Eva, simbolizando una IA que construye paraíso. El cameo de Bridges agrada a los fans, pero no aporta mucho.

En resumen, Tron: Ares es un espectáculo visual y sonoro que brilla en IMAX, con efectos y música que justifican la entrada. No innova en trama —es una repetición de fórmulas—, y las secciones en el mundo real bajan el ritmo, pero como aventura nostálgica, entretiene. Si buscas luces, bajos y un toque de Blade Runner en “el Grid”, conéctate; si esperas profundidad, desconéctate rápido. Es un reboot que luce genial, pero que, como la IA misma, podría haber sido más que su código superficial.

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