La película Sirat se presenta como una experiencia cinematográfica, un término que suele aludir a un uso inteligente y profundamente visual de las imágenes, acompañado de paisajes sonoros que envuelven al espectador. Estas películas, caracterizadas por un ritmo pausado y una cuidada estética, priorizan la atmósfera sobre la narrativa convencional, con un enfoque en el sonido, la música y la ausencia de artificios. En este caso, Sirat cumple con esas expectativas, evocando a veces la psicodelia visual de los videoclips de Pink Floyd o el estilo documental de filmes como Home. Su propuesta, centrada en la música electrónica de las raves y en una narrativa que captura el caos y la búsqueda, se alinea perfectamente con esta definición.

La cinta arranca sumergiendo al espectador en los preparativos de una rave, una fiesta que parece eterna, donde la música y el ambiente dominan los primeros minutos. Esta introducción, que puede hacernos recordar a la secuencia inicial de La gran belleza —que se extendía por 20 minutos en un frenesí aparente—, no revela de inmediato su propósito narrativo. Para quienes, como yo, preferimos entrar al cine sin saber demasiado, Sirat sorprende al arrojarnos al corazón de una celebración que mezcla euforia y desorientación. Los personajes principales, un padre y su hijo, buscan a una hija desaparecida en medio de este caos. La película no se apresura en explicar los detalles de su ausencia, lo que refuerza la idea de una rave como un espacio de evasión, donde el pensamiento racional queda en segundo plano.
Durante la primera hora, Sirat adopta un enfoque casi minimalista, similar al de El sabor de la cerezas de Abbas Kiarostami, donde un personaje vaga por un desierto en busca de algo, sin que se revele mucho sobre su trasfondo. Aquí, el desierto marroquí y una caravana de asistentes a la rave se convierten en el eje de la narrativa. Los personajes, que parecen vivir al margen del sistema —incluso se insinúa un contexto de conflicto global, como una tercera guerra mundial o un Marruecos en estado de guerra—, no muestran interés en esas realidades. Su único objetivo es pasar de una fiesta a otra, y el padre y su hijo los siguen, convencidos de que la hija estará en la próxima rave.

Sin embargo, a mitad del metraje, un evento inesperado irrumpe y transforma por completo la película. Este suceso, que en una narrativa convencional podría servir como detonante inicial o clímax final, aquí actúa como un punto de inflexión que parte la historia en dos. Un plano memorable, en el que un personaje camina por el desierto dividido por la línea del horizonte, simboliza esta ruptura. Hasta ese momento, el espectador puede intuir hacia dónde se dirige la trama, pero este evento lo cambia todo, sorprendiendo y descolocando. A partir de ahí, la película abandona la ligereza inicial y se torna más densa, dramática y visceral. Los personajes, que antes vivían para la fiesta, se enfrentan a una realidad que los obliga a abandonar su despreocupación.
En su último tercio, Sirat evoluciona hacia un relato casi de supervivencia. La naturaleza del desierto, que hasta entonces parecía un escenario pasivo, se convierte en un antagonista invisible. Una serie de tragedias, que podrían interpretarse como un castigo por el hedonismo desenfrenado, golpean a los personajes, haciendo que la película adquiera un tono más crudo y existencial. La música, que hasta el momento había sido un pilar central, sigue siendo crucial, pero cambia de función: de ser el motor de la euforia, pasa a reflejar el estado emocional del padre y la caravana. La banda sonora, dominada por música electrónica en la primera mitad, se transforma tras el evento central, ocupando el desierto con una presencia casi omnipresente. Curiosamente, uno de los pocos momentos sin música coincide con este suceso pivotal, un silencio intencionado que amplifica su impacto.
Visualmente, Sirat mantiene una coherencia estética, con una fotografía que captura la inmensidad del desierto y la intensidad de las raves. Sin embargo, podría haberse explorado más la variedad de planos, ya que muchos resultan similares entre sí. La música, aunque efectiva, también tiende a ser homogénea, lo que podría haber limitado su potencial expresivo. En cuanto a las actuaciones, los intérpretes de la caravana destacan por su autenticidad, casi como si realmente formaran parte de una rave. En cambio, el papel de Sergi López como el padre, aunque sólido, no termina de convencer del todo. Su personaje mantiene una distancia emocional con el mundo de las raves, lo que genera un contraste interesante, pero a veces parece desconectado, como si no se hubiera sumergido por completo en el rol.

Un aspecto notable es cómo la película juega con la idea de la espiritualidad. Aunque los personajes viven para la música y el trance de las raves, hay momentos que sugieren una búsqueda más profunda, como un plano que alude a La Meca, estableciendo un paralelismo entre el éxtasis de la fiesta y la trascendencia espiritual. Sin embargo, Sirat no profundiza demasiado en esta dimensión, salvo en instantes de pérdida que aportan un matiz sentimental. En resumen, Sirat es una película que cumple como experiencia cinematográfica, ideal para disfrutarse en pantalla grande. Su capacidad para transformar una premisa aparentemente sencilla en un viaje emocional y visualmente impactante la convierte en una obra destacada del cine español, reconocida con premios en festivales como Cannes. Aunque podría haber explotado más el potencial del desierto y diversificado sus recursos visuales y sonoros, el director Oliver Laxe logra una cinta redonda, que invita a dejarse llevar por su atmósfera y reflexionar sobre la evasión, la pérdida y la supervivencia.

