Un simple accidente, dirigida por Jafar Panahi y ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2025, llega con el peso de un premio que no termina de justificar su calidad cinematográfica aunque sí su mensaje y el valor de que una película así llegue a las salas. La película, que aborda temas políticos y sociales del Medio Oriente —pobreza, desigualdades, conflictos—, se siente más como un ejercicio teatral amateur que como una obra maestra. Los actores, no profesionales, sobreactúan en diálogos encorsetados, como si esperaran su turno en una obra de teatro que cambia de escenario, lo que resta naturalidad a la narrativa.

La trama, al inicio, tiene un aire cómico e inconexo, que recuerda a El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami. Seguimos a un personaje aparentemente despistado, cuya motivación se desvela lentamente mientras persigue a otro individuo. Sin embargo, a diferencia de El sabor de las cerezas o El hijo de Saúl —donde filmar de espaldas o sin música tenía un propósito narrativo claro, como dejar lo crucial fuera de campo—, aquí la cámara se limita a enfocar rostros o espaldas sin música, una elección que parece más un guiño a los festivales que una decisión con peso. Estas licencias creativas se sienten vacías, diseñadas para impresionar en Cannes más que para enriquecer la historia.
El valor de la película radica en su mensaje, no solo político, sino humanitario. El cine siempre ha sido como altavoz de problemas universales, busca visibilizar conflictos, en este caso del Medio Oriente que no siempre llegan a Occidente. Este enfoque, que muchos consideran valiente, podría explicar la Palma de Oro, pero no la eleva como obra cinematográfica. La historia, que pasa de comedia a thriller, no se toma en serio a sí misma, con personajes caricaturescos que incluso parecen “abandonar” la trama, como si se aburrieran de ella. Al final, solo quedan dos o tres figuras, dejando una narrativa deshilachada.

La ausencia de banda sonora, una decisión que los festivales suelen aplaudir por su crudeza, aquí juega en contra. Mientras que en No es país para viejos o en muchas de Michael Haneke la falta de música refuerza la tensión y la seriedad, en Un simple accidente hace que la película se sienta densa y monótona, ahondando en una historia que, quizás, no se tan enrevesada. Sin la dulzura o el contraste que la música podría aportar, la experiencia se vuelve pesada, más un castigo que una inmersión en temas sociales.
En resumen, Un simple accidente es una Palma de Oro fallida. Su valor político es innegable, pero como película se queda muy por debajo de la valentía cinematográfica, con una ejecución amateur y una narrativa que no sostiene el prestigio del galardón. Comparada con obras cumbres de Cannes como El árbol de la vida, Parásitos o Apocalypse Now, decepciona profundamente. Puede ser disfrutable con expectativas bajas, como una película corriente y sin premio, pero no como la joya que uno espera de un festival que ahora parece priorizar lo político sobre lo cinematográfico. Cannes, como todos, también se equivoca.

