No hace falta hacer una crítica para hablar de una película de Steven Spielberg y John Williams, una dupla que ha dado algunas de las mejores obras en la historia del cine. Tampoco hace falta que te pongan el tráiler veinte veces en las salas para convencerte de ir a verla. El simple hecho de que Spielberg dirija ya es interesante; pero si además la escribe él, trata sobre extraterrestres y cuenta con la música de Williams, se convierte en un combo absoluto al que es imposible decir que no.
La historia aborda el “día de la revelación”, un concepto utópico que cualquier aficionado a los ovnis, la ufología o la ciencia ficción desearía que ocurriese: la desclasificación de los archivos que supuestamente oculta el gobierno, cuya falta de transparencia solo alimenta las teorías de conspiración. Spielberg es un apasionado de la ciencia ficción y los alienígenas lo han acompañado a lo largo de toda su filmografía. Sin embargo, creo que en esta ocasión ha intentado responder a la pregunta clave que se ha hecho durante toda su carrera. De hecho, en sus entrevistas menciona que se siente satisfecho gracias a este proyecto.

La duda de si estamos solos siempre le ha inquietado y ha retratado a los seres de otros mundos de diferentes maneras: de forma pacífica, como en E.T. o Encuentros en la tercera fase, y también hostil, como en La guerra de los mundos. Esta nueva entrega es quizás la que más se le parece a esta última, aunque no tiene tanto que ver porque incluye tintes de investigación y cine negro que recuerdan a películas como The Post o Múnich. Es una obra redonda que condensa lo mejor del director en dos horas y media.
Por desgracia, este tipo de cine ya no se ve en las salas. Últimamente solo encontramos historias de fantasmas, zombis y epidemias muy parecidas entre sí que no interesan a tanta gente. El cine de terror actual ha perdido el factor psicológico y se ha volcado hacia un terror más físico, basado en la violencia y la sangre, lo cual no da miedo. Directores como M. Night Shyamalan o Ari Aster aún proponen algo distinto, pero la mayoría juega con el gore. En cambio, los extraterrestres sí mantienen esa inquietud inherente al ser humano a lo largo de la historia. La película se alimenta de todas las teorías surgidas en Estados Unidos sobre la desclasificación de videos, y el director sabe plasmarlo muy bien porque es un maestro del género que siempre se adelanta a su tiempo.

A pesar de la temática, la cinta no solo habla de alienígenas, sino principalmente de la empatía. Vivimos en un mundo donde los medios de comunicación nos bombardean constantemente con señales de que todo va a explotar en cualquier momento, buscando que sigamos pegados a las pantallas. Pero los días pasan, el mundo no explota y Spielberg nos invita a mirar hacia arriba. Nos pide que dejemos de estar tan pendientes de la geopolítica, de Asia o de lo que dijo Donald Trump, cosas que no le interesan a nadie en su sano juicio. El verdadero corazón de la película es elevar la conciencia, no agobiarnos por causas externas, mirar al otro y comprenderlo. Lograr este mensaje en una trama de extraterrestres es algo que solo Spielberg puede hacer.
La narrativa va de menos a más. El primer plano es chocante e inesperado; de hecho, la escena resulta muy inconexa si no has visto el tráiler. En mi caso, intenté ir a ciegas, aunque el bombardeo publicitario lo hizo difícil. Lo ideal con el cine de Spielberg es llegar con la menor información posible, porque él maneja el suspense y la falta de datos de forma magistral. Más allá de ser un gran “contador de historias”, domina el ritmo y el movimiento de cámara. Aunque aquí no utiliza los paneos vertiginosos de Minority Report, la película empieza de forma relativamente lenta y no va hacia donde uno creía. No hay desclasificaciones ni alienígenas desde el minuto uno; se cuece a fuego lento.

Esto permite que la última media hora o cuarenta minutos se conviertan en lo mejor que ha hecho el director en los últimos veinte años. Es cierto que él mismo se había alejado un poco del género que tanto ama para probar otros estilos, como War Horse, The Post, la animación con Tintín o el regreso a la ciencia ficción con Ready Player One. Aunque tiene obras maestras indiscutibles como La lista de Schindler, el Spielberg que más nos gusta es el de la ciencia ficción, con el que nos criamos viendo Encuentros en la tercera fase, E.T. o Jurassic Park. Desde sus primeros cortometrajes ya dejaba claras sus intenciones.
Este regreso ha tenido una gran repercusión, potenciada por la vuelta de John Williams. Ha merecido la pena porque mantiene el estilo del cine de los años 80 y 90, una forma de hacer películas que por desgracia ya se ha perdido. La trama utiliza un gran MacGuffin —esa piedra del espacio de la que apenas se habla al principio—, que es un elemento clásico de esa época y que te hace sentir como cuando eras niño. Al terminar, te queda una sensación de relajación y plenitud, porque Spielberg concluye muy bien sus planteamientos, ofrece las respuestas esperadas y hace que el espectador se sienta completo tras este regreso tan aguardado.

Este binomio entre director y compositor es un fenómeno único. A veces vemos grandes duplas de director y actor, como Scorsese y DiCaprio, pero el caso de Spielberg y Williams une dos lenguajes completamente distintos que se complementan para crear películas memorables. Una historia se cuenta de forma visual, pero a través de la música se puede transmitir muchísimo más. Williams no es solo un compositor, es también un contador de historias a su manera.
Sé que mucha gente en los conservatorios no lo tiene en la alta estima que se merece. He tenido bastantes debates sobre esto, porque considero que John Williams está a la altura de los grandes genios de la historia como Johann Sebastian Bach, Mozart, Beethoven, Brahms o Wagner. Es uno de los pocos genios vivos que sigue haciendo música sinfónica y orquestal pura. Por desgracia, en los conservatorios se suele apartar a las bandas sonoras como si fuesen un arte menor, mostrando cierto recelo y manteniendo una fascinación exclusiva por creadores que llevan siglos fallecidos; parece que si el compositor no está muerto, no se le puede tocar. Estoy totalmente seguro de que dentro de cien años se estudiará y admirará a John Williams en las escuelas de música de todo el mundo. Poder asistir hoy en día a una de sus obras es un verdadero privilegio.

Aunque Spielberg suele destacar por su ritmo vertiginoso, aquí apuesta por una cocción muy lenta, ocultando las verdaderas pretensiones del protagonista hasta bien pasados los primeros cuarenta minutos. Esto hace que el tramo final sea sumamente interesante. No hace falta convencer a nadie para ver una colaboración entre Spielberg y Williams; la historia del cine de muchos de los que crecimos en esa época se la debemos a ellos dos. Han sabido retroalimentarse a la perfección, sin que uno sea más importante que el otro. Spielberg tenía grandes historias que contar y Williams muchísima música que aportar.
Por todo esto, hacer una crítica convencional no tiene mucho sentido. Es un lujo simplemente ser partícipes de un binomio tan exquisito que sigue entregando obras totalmente memorables. Para nosotros en el canal, esta era la película más esperada de este 2026. Tenía muchísimos ingredientes, ha cumplido con creces las expectativas y salimos de la sala totalmente satisfechos.

