Jurassic World: Rebirth marca un nuevo reinicio de una saga que ya cuenta con numerosas secuelas. La trilogía original, a mi juicio, fue de más a menos: la primera película de Jurassic Park fue una obra maestra, pero las dos siguientes perdieron fuerza. Luego llegó la trilogía de Jurassic World, que repitió la misma fórmula, con Dominion siendo, para mí, la más floja a pesar de reunir a los actores originales. Sin embargo, esta nueva entrega, Rebirth, aporta un pequeño aire fresco a la franquicia. Se aleja un poco de los estándares de las películas anteriores y se centra en ofrecer secuencias de acción muy entretenidas, con pocos diálogos y personajes que no necesitan mucha profundidad, pero que funcionan bien en el contexto de la cinta. Creo que esto es un acierto del director Gareth Edwards.

La premisa de Rebirth invita a reflexionar sobre el estado actual del cine y de la propia franquicia. Aunque las películas de Jurassic Park han ido perdiendo calidad, en taquilla siempre han sido un éxito, incluso Dominion, que fue bastante decepcionante. En esta cinta, la historia muestra un mundo donde los dinosaurios ya no fascinan a la gente: los ciudadanos están cansados de ellos, los museos de arqueología cierran y los ricos —que podrían simbolizar a los estudios de cine— siguen explotándolos, literalmente exprimiéndoles la sangre para sacar provecho. Es una metáfora interesante, porque en esta séptima película de la saga los dinosaurios parecen agotados, casi moribundos. Al inicio, vemos uno muriéndose en la calle, como si la propia franquicia estuviera pidiéndonos un descanso. Sin embargo, en taquilla sigue funcionando, lo que refleja esta contradicción.

La película conecta con la primera de Jurassic Park en varios aspectos. Hay un personaje, un arqueólogo que recuerda a Alan Grant —aunque un poco más torpe—, que siente una fascinación emocional por los dinosaurios, como la que inspiró Spielberg en 1993 y motivó a muchos a interesarse por la arqueología. Pero Rebirth también toma elementos de otras cintas, como la King Kong de Peter Jackson o Kong: La Isla Calavera, con una trama que gira en torno a recuperar un fragmento de un ser mitológico. A pesar de estas referencias, la película logra tener un sello propio.

Aunque dura más de dos horas, mantiene al espectador entretenido durante casi todo el metraje, algo esencial para una cinta palomitera como esta, que no pretende enredarse en narrativas complejas. Técnicamente, Rebirth destaca en el sonido, pero tiene un punto débil: todos los efectos especiales son digitales. En la primera Jurassic Park, el uso de animatrónicos para los dinosaurios, como los velocirraptores, les daba un realismo único. Aquí, incluso en escenas donde un personaje toca el pie de un dinosaurio, todo es CGI, lo que le resta autenticidad.

La música, compuesta por Alexandre Desplat, toma el relevo de John Williams, pero se limita a variaciones del tema original, que es icónico y difícil de superar. Aunque entiendo que el uso de la música clásica busca conectar con la nostalgia de la primera película, creo que Desplat, siendo un gran compositor, podría haber apostado por algo más original en lugar de repetir la fórmula. Musicalmente, es un poco un desperdicio.

A pesar de sus guiños nostálgicos, Rebirth no pretende ser una revolución. Es una película equilibrada, consciente de su naturaleza de cine blockbuster. No es una sorpresa memorable, pero si vas con expectativas bajas, la disfrutarás. Mejora el ritmo de las entregas anteriores y aporta frescura con dinosaurios mutantes, algo nuevo en una saga que se sentía estancada, con el pobre tiranosaurio rex apareciendo agotado en cada película. Sin embargo, parece que la franquicia no tiene fin: después de Dominion, que parecía un cierre con el regreso de los personajes originales, aquí estamos otra vez. Es probable que vengan más secuelas, quizás un Rebirth 2, porque mientras siga funcionando en taquilla, Hollywood no dejará de exprimir esta saga.

NOTA: 5