Érase una vez mi madre —un título español que, como suele pasar, no coincide con el original— arranca con una premisa que evoca al Forrest Gump de Robert Zemeckis. La primera media hora recuerda la lucha de la madre de Forrest por normalizar la vida de su hijo, quien tiene problemas en las piernas. Aquí, la madre hace todo lo posible para que su hijo, nacido con una malformación en el pie, viva una vida normal y se acepte a sí mismo. Esta parte inicial tiene un aire al estilo de Richard Linklater, con su enfoque en la infancia, lo cotidiano y la familia, apoyado por una voz en off, un montaje dinámico y temas de rock clásico de los 80 y 90 que aligeran el tono. Aunque la premisa es distinta, comparte esa esencia cálida de películas como Boyhood, centrada en pequeños momentos que, aunque no siempre destacables, construyen una narrativa emotiva.

Sin embargo, tras esta prometedora primera media hora, la película cambia drásticamente. El director parece haber combinado ideas dispares: la historia de un niño con una discapacidad, una madre sobreprotectora y un abogado perdido en la vida. Esta falta de cohesión es el principal fallo de la cinta. La primera parte, con su tono alegre y dinámico, es entretenida, incluso con toques de comedia que recuerdan a las familias excéntricas de Almodóvar. La voz en off, lejos de ser redundante, guía al espectador y mantiene el interés, haciendo de esta sección la más disfrutable.
Pero a mitad de camino, la narrativa da un giro radical al introducir otro personaje con una enfermedad, y la trama se estanca, acumulando conflictos médicos sin avanzar. Lo que ocurre en la primera mitad no influye en la segunda, como si el protagonista hubiera sido trasladado a una película completamente distinta, desconectando al espectador.

El gran acierto de Érase una vez mi madre es precisamente la figura de la madre, el único personaje que evoluciona. Al principio, conectas con su lucha por su hijo, pero su arco toma un giro casi “hitchcockiano”, evocando a la madre sobreprotectora de Psicosis, pero tratándola con un tono de comedia. Esta transformación, de protectora a obsesiva, es lo más interesante y el hilo conductor que une las ideas fragmentadas del director.
La película se inscribe en una tendencia reciente del cine francés, que aborda enfermedades con un enfoque emotivo, como en Por todo lo alto (optimista, aunque algo sensiblera) o El último suspiro (desoladora y sin esperanza, como ya comentamos en el canal). Mientras Por todo lo alto usaba la superación para unir a dos hermanos, y El último suspiro era implacable, esta cinta intenta equilibrar ambos extremos, pero no siempre lo consigue. Comienza con esperanza, pero se pierde en un torbellino de ideas inconexas.

La música es un punto fuerte. Combina una banda sonora orquestal, que resalta los momentos emocionales, con temas de rock clásico que aligeran el tono. Un momento destacado ocurre cuando el niño se pone de pie por primera vez, acompañado por una fusión de ambas músicas. Esta decisión narrativa, que refleja la evolución del personaje y su búsqueda de equilibrio, es inteligente y efectiva, siendo el único punto donde las dos vertientes musicales se complementan. Sin embargo, el final cae en la sensiblería, lo que resta fuerza a la experiencia.
En resumen, Érase una vez mi madre es una película irregular, un collage de ideas que no encajan del todo. La primera media hora, con su tono alegre y dinámico, es lo mejor, gracias a la madre como figura central y una música bien empleada. Pero el giro hacia una narrativa fragmentada y cargada de enfermedades la hace confusa, como si el director hubiera intentado abarcar demasiado. Aunque no conecta por completo, el homenaje a la madre y algunos momentos emotivos la salvan de ser un fracaso. Es una cinta para quienes disfrutan de dramas familiares con un toque francés, pero no esperes una obra redonda.
