Una batalla tras otra podría ser la mejor película del año, y no es sorpresa viniendo de Paul Thomas Anderson, uno de los directores vivos más brillantes. Su filmografía es impecable, con obras maestras como Pozos de ambición —quizás una de las mejores del siglo XXI— y The Master, que sacó lo mejor de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman, un actor recurrente desde Hard Eight, Sidney hasta su fallecimiento.
En esta cinta, Anderson alcanza su cota más alta, mezclando géneros cinematográficos con un ritmo vertiginoso que hace que sus tres horas de duración se sientan cortas. Cada escena está rodada con una pulcritud magistral, como una lección de cine que demuestra por qué este director es una escuela en sí mismo: no solo te enseña a estructurar una película, sino a hacerla hablar, transmitir y emocionar.

En un año cinematográfico algo flojo, con películas cortas y olvidables, Una batalla tras otra brilla por ser una “rara avis”, liderada por un brillante Leonardo DiCaprio, y que está basada en la novela Vineland de Thomas Pynchon, ambientada en un estado ficticio de California. La cinta refleja la América actual: un mundo post-Obama, conflictivo y turbulento, que roza lo distópico sin serlo del todo. Anderson traslada el espíritu de los años 70 del libro a un contexto contemporáneo, manteniendo su sello reconocible: personajes complejos, una narrativa envolvente y una técnica audiovisual impecable.
Aunque DiCaprio soñaba con trabajar con Anderson desde Boogie Nights (rol que acabó en manos de Mark Wahlberg), la espera valió la pena. Su interpretación, junto a la de Sean Penn, está entre las mejores que ha dirigido Anderson, comparable a la de Tom Cruise en Magnolia o Daniel Day-Lewis en Pozos de ambición.
La película es un capricho narrativo que combina géneros con maestría, aunque su ritmo decae ligeramente a mitad del metraje por las tres horas de duración. Sin embargo, el tercer acto recupera la intensidad con un despliegue trepidante, apoyado en paneos rápidos y planos secuencia, muy característicos de Anderson.

La fotografía y el montaje son impecables, y la música, compuesta por Jonny Greenwood —colaborador habitual desde Pozos de ambición y El hilo invisible—, es esencial. Mezcla temas originales con música preexistente, creando momentos memorables, como ya vimos en la larga secuencia de Magnolia. Aquí, la banda sonora, en sintonía con el tono casi distópico, potencia la narrativa y eleva la experiencia por encima de películas anteriores.
Anderson es un maestro en crear personajes complejos que impulsan la historia, y en Una batalla tras otra lo logra de nuevo. DiCaprio y Penn encarnan figuras profundas que sirven como hilo conductor de una trama que refleja los conflictos de la América actual. Aunque el año ha destacado por películas de terror, esta cinta se posiciona como una seria candidata al Oscar, no solo por su calidad, sino por llegar en un momento de división social. Es una obra semi redonda, no perfecta, pero sí una lección de cine que justifica la entrada por verla en la pantalla lo más grande posible.
Es una grata sorpresa, aunque esperable de un director como Anderson. Con un reparto estelar, una técnica deslumbrante y un ritmo que compensa sus pequeños tropiezos, es una película que recuerda por qué amamos el cine. Si buscas una experiencia cercana a una obra maestra, esta es tu cita. Asistir a esta clase magistral de Paul Thomas Anderson, con DiCaprio en estado de gracia, es un placer que no deberías perderte.